Corrían
aproximadamente las 10:20 de la mañana del día sábado cuando arribamos
al estacionamiento del supermercado, entre el calor y dilemas
político-familiares varios descendimos del rodado y nos dirigimos al
interior del establecimiento. Antes de pasar ese plano, cabe aclarar que
mi labor en estos casos es, principalmente, la conducción del carrito.
Si para realizar dicha tarea fuera necesario rendir un examen para
obtener licencia, modestamente creo que el mío sería uno de los puntajes
más altos.
Una
vez adentro, grande fue el shock al ver la cantidad de gente
recorriendo los pasillos, comprando, formando fila para la caja. Tráfico
imposible. La zona de los vegetales exactamente igual al centro
entresemana en hora pico. Los inconscientes de siempre estacionados en
medio de un pasillo e incluso en el mismo bocapasillo; obviamente, todos
sin chapa, como si la ley no existiera. Ganas no me faltaron de dejarle
“notitas” a algunos en el portaniños del carrito, pero con entereza me
contuve. El terror me invadió al presenciar ciertos accidentes,
principalmente choques ocasionados por gente que avanzaba por los
pasillos a velocidades casi demenciales. Afortunadamente no hubo daños
mayores ni víctimas que lamentar.
Al dejar el recinto, solo una cosa me vino a la cabeza: Cómo se nota que ya no está Petta…

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